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Las venganzas de un presidente

Columna: Maquiavelo



Las venganzas de un presidente

Cuando iba de salida el presidente Gustavo Díaz Ordaz le pidió a su sucesor Luis Echeverría Álvarez un gran favor para que le hiciera la vida un infierno a un industrial veracruzano que había ofendido a su familia y que le había perdido respeto a su investidura presidencial.

Resulta que Gustavito el hijo del mandatario pretendía a la hija de Roberto García Mora dueño del ingenio más grande del mundo, el San Cristóbal, en Carlos A. Carillo en el estado de Veracruz, quien contaba con varias empresas importantes como el Banco Internacional, una planta de celulosa para hacer papel para su periódico "Progreso", una fábrica de alimentos para ganado entre otras grandes industrias.

Era sin duda uno de los hombres más ricos de México que tenía la virtud de crear muchos empleos y de ayudar a un sinnúmero de personas otorgando becas y apoyos económicos a familias de escasos recursos.

Como la hija de Roberto García y Concepción Remes no le hacía caso al primogénito consentido del presidente. Este iba a la casa de la jovencita acompañado de sus amigos juniors hijos de secretarios del gabinete y se la pasaban hasta altas horas de la noche tocando el claxon de sus vehículos para molestar a la familia de García Mora y los vigilantes tenían que salir a espantar a los fifís de aquella lamentable época en que ocurrió la tragedia estudiantil de Tlatelolco y vino la debacle de Díaz Ordaz.

Se llegó al extremo que la esposa del mandatario Guadalupe Borja les reclamara porque no permitían que su hijo fuera el pretendiente, porque simplemente la joven no lo quería y punto.

Luis Echeverría con todo el poder que otorgaba la Presidencia de la República emitió varios decretos donde impedía que los dueños de los ingenios ya no podían solicitar créditos a la banca extranjera y los que los tenían que liquidar dándoles un plazo de solo un año, cuando dichos préstamos en dólares eran pagaderos con plazos de quince y veinte años. La idea era tronar al imperio azucarero de la Cuenca del Papaloapan, así como otras absurdas disposiciones sobre el manejo de la caña que no podían hacerlo por barcazas como lo hacía San Cristóbal por el río Papaloapan. Siguieron las nuevas disposiciones oficiales hasta hacer tronar todos los negocios y perderse varios miles de empleos por un capricho presidencial.

Se vino hacia abajo la zona de la Cuenca del Papaloapan que los presidentes Miguel Alemán y Adolfo Ruiz Cortines la habían considerado como la región privilegiada que se convertiría en el granero del país.

Han pasado los años y los hombres y mujeres de Cosamaloapan no olvidan aquellos años de gloria de contar con el Ingenio más grande del mundo y el semanario Progreso de 84 páginas que se vendía a un peso y se les regalaba a los miles de cañeros los días sábado cuando cobraban su salario los que cortaban la caña, quienes laboraban en los tiempos de zafra en aquel vergel de la naturaleza.

El coloso de Sotavento sigue soñando en volver a sus buenos tiempos.

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