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Rusia cada vez más amenazante, una crónica del realismo clásico



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Se han cumplido siete meses de una lucha armada entre la Rusia de Putin y el Estado de Ucrania. Un conflicto (flanqueado por un incalculable sufrimiento humano) que, de estar interesados en hacer un esfuerzo analítico, parece estar develando una realidad muy diferente a la que es reconocida por la comunidad internacional.

La ofensiva militar de Rusia, dentro del territorio ucraniano (con su inherente saldo en vidas humanas), no ha menguado -ni parece poder hacerlo en el horizonte inmediato- ya que nos encontramos dentro una pugna que no parece estar sujeta, en principio, a la voluntad irracional que puede ser propia de un conquistador. Ucrania, parece haber sobrepasado su importancia como entidad autónoma, garante del Derecho Internacional, y convertirse en un activo, del poder nacional, que Rusia no quiere que le arrebaten.

Un poder nacional que, para efectos descriptivos, interpretaremos en este espacio como: la capacidad que tiene un Estado nación para maniobrar en el escenario mundial, con una mayor autonomía, y con ello satisfacer sus más urgentes necesidades; sin que estas puedan ser reprimidas por otros estados.

La Rusia de Putin, siendo calificada (por la comunidad internacional) como un estado atrapado en la desesperación, y víctima de una muy anunciada derrota, podría estar manifestando una realidad muy distinta. Una realidad que le demanda anteponer sus intereses, definidos en términos de poder, y confrontarlos con los intereses de un poder occidental que se muestra amenazante y expansivo (la OTAN).

Buscando justificar con el lector los argumentos aquí abordados, en este espacio recurrimos a la Teoría Realista de las Relaciones Internacionales. Utilizando algunos de sus postulados más importantes, y las ideas de dos de sus principales referentes, nos daremos a la tarea de evidenciar una visión alternativa. Alternativa, porque contrasta con aquella otra óptica que se esmera en hacer de Rusia un estado inhumano, atípico e irracional.

Asentando que estas líneas no otorgan justificación, alguna, sobre las atrocidades propias de la guerra en curso -así como tampoco desconocen la responsabilidad, que solo corresponde a aquel estado que quebrante los derechos fundamentales del ser humano-, la exploración en curso se orienta al análisis de un conflicto cuya culminación está sujeta, inexorablemente, al entendimiento de sus orígenes. 

El estado beligerante y la necesidad de un mayor poder.

Buscar, acumular y preservar “poder”, representa para el enfoque realista de las relaciones internacionales, la guía que da rumbo a la dinámica motriz de toda organización social preexistente (sea un estado o la forma en que este logre evolucionar). Una dinámica cuyo núcleo articulador, se ubica en la necesidad innata -que posee el ser humano- para buscar garantizar su subsistencia, a través de la acumulación de la mayor cantidad de recursos de poder. 

Siendo el Estado nación la figura máxima con la que el ser humano se ha podido organizar, hasta el momento; es su estructura motriz la que está arraigada por un continuo deseo (inherente a la naturaleza humana) de querer adquirir la mayor cantidad de recursos de poder. Cada estado, sin importar su ideología, historia y acervo cultural, buscará hacerse de aquellos recursos de poder que le permitan hacer su voluntad, pero sin verse afectado por la voluntad de otras sociedades (que tenga o no la capacidad de hacerlo, definirá su posición como potencia, o no, dentro de la comunidad internacional). 

La Rusia de Putin, puede estar siendo reflejo de esta realidad. La realidad de un estado agresor (universalmente demonizado), cuya motivación, por inhumana que nos parezca, podría entenderse mejor si recurrimos a esta escuela teórica de pensamiento.

De acuerdo a Hans Morgenthau (1985)

Si consideramos a todas las naciones, incluida la nuestra, como entidades políticas en pos de sus respectivos intereses definidos en términos de poder, entonces estaremos en condiciones de hacer justicia con todas… seremos capaces de llevar adelante políticas que respeten los intereses de otras naciones.

La conducta violenta que hoy exhibe Rusia -sin quedar exculpada de las múltiples atrocidades que le puedan ser comprobadas-, puede estar respondiendo a una manifestación territorial defensiva. Una violenta manifestación de no querer someter su voluntad a las necesidades de una potencia extranjera. Una posición, difícil de ser comprobada, que sin embargo encuentra apoyo en la visión de George Kennan; encargado de negocios en la Embajada de Estados Unidos en Moscú, en 1946.

Kennan -otro gran referente del realismo clásico-, siempre advirtió sobre el error estratégico que Washington cometía (durante y después de la guerra fría) al estudiar a Rusia a través del prisma de la doble moral. Rechazaba la óptica anticomunista (macartismo), ya que consideraba que el peligro ruso no provenía de su ideología, sino del hecho de ser una potencia mayúscula. 

En el año de 1997, Kennan se pronunció en contra de la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia; para él, dicha expansión podría conducir a resultados trágicos.  En febrero de ese año declaró: 

“expandir la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la guerra fría… tal decisión podría inflamar las tendencias nacionalistas, antioccidentales y militaristas de Rusia; tendría un efecto adverso en el desarrollo de la democracia rusa, e impulsaría su política exterior en direcciones que no son de nuestro agrado”. Ver: https://www.nytimes.com/1997/02/05/opinion/a-fateful-error.html

Kennan, 25 años atrás, vio lo que Washington se ha resistido a aceptar. Los rusos también son humanos y como tales: perciben, analizan y hacen pronósticos de toda manifestación que pueda considerarse como agresión. La OTAN es, para Putin, un peligroso agente externo que está al acecho de sus recursos de poder. ¿Cuál ha sido el precio a pagar? El sufrimiento humano y una economía mundial al borde del precipicio. 

¿Qué es el poder nacional, como recurso, para Rusia?

Lo mismo que para Estados Unidos y China: un territorio dotado de bastos recursos, orientados al desarrollo humano y tecnológico; unas fronteras seguras, distantes de toda amenaza externa; una economía saludable, poseedora de múltiples y variados activos; un control, indisputable, sobre una zona geográfica de influencia; y -no menos importante- un poderoso ejército que dé resguardo a todos estos recursos de poder.

En su libro titulado, “Política entre las Naciones, la lucha por el poder y la paz”, Hans J. Morgenthau, advierte sobre un error recurrente que suelen cometer los hombres de Estado. Este es: no saber distinguir entre una política orientada a preservar el poder nacional (defensora del statu quo), y otra destinada a obtenerlo (amenazando el statu quo). En este libro, el autor nos invita a adoptar un juicio que, recurriendo a la razón, nos permita distinguir entre ambas manifestaciones. Muchas veces un estado poderoso puede querer consolidar su poderío regional (expandiendo su territorio), como parte de una acción refleja destinada a preservar unos recursos -de poder- que, dicho estado, considera amenazados (fronteras nacionales y respeto a su área de influencia).

Rusia ha manifestado, explícitamente, la pretensión de querer quebrantar el statu quo, que es resguardado por occidente. Lo que no podremos saber, es si ese deseo proviene de un capricho irracional, inconcebible para la naturaleza humana, o si responde a una necesidad del liderazgo ruso, por evitar que su estatus -como potencia- se vea eclipsado.

George Kennan alertó a Estados Unidos, hace 25 años, sobre los peligros de una Rusia, incómoda, flanqueada por un aparato de seguridad occidental (la OTAN). La ocupación de Crimea en 2014 y ahora de toda Ucrania (independientemente de su conclusión), podría ser el preámbulo de aquella crónica anunciada por Kennan; o simplemente, la manifestación de un inhumano líder que solo busca la devastación.

Este último juicio, corresponderá al lector. Mientras tanto, Ucrania sigue siendo la víctima, sin culpa alguna, de una Rusia que puede ser todavía más amenazante. 

José Manuel Melo Moya. 

Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ganador de la “Medalla al Mérito Universitario”.

Posee diplomados en análisis económico, inteligencia y estudios prospectivos por la Organización de los Estados Americanos (OEA), Escuela de Inteligencia Antidrogas (Colombia) y la UNAM.

 


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