Amenaza nuclear: la retórica perenne de los poderosos



El pasado domingo 8 de mayo se cumplieron 77 años de la derrota oficial de la Alemania Nazi. Una celebración compartida por muchas naciones que, sin embargo, lo que hace cada año es enarbolar aquel encuentro solidario que alcanzaron las tropas norteamericanas y soviéticas en 1945 (dentro de territorio Alemán), y con el que se marca la derrota del proyecto genocida más recordado por la humanidad.

Una celebración cuyo simbolismo, este año, fue eclipsado por la atmósfera de guerra en que se encuentran atrapados los dos principales protagonistas de aquella victoria, desde el pasado 24 de febrero (cuando Rusia invadió Ucrania). Estados Unidos, el 8 de mayo, y Rusia, el 9 de mayo, más que recordar un momento de conciliación propugnaron en nuestro ideario colectivo el rejuvenecimiento de un conflicto propio de la guerra fría cuyos contornos alertan de una posible confrontación nuclear.

Es este peligroso pronóstico apocalíptico, que ha ido progresivamente apoderándose de los reportes informativos sobre el conflicto en Ucrania -gracias a los repetidos recordatorios del presidente Ruso sobre su poderío nuclear y su capacidad para utilizarlo-, lo que nos impulsa en este espacio a hacernos la siguiente pregunta: ¿Es posible, en pleno siglo XXI, una confrontación armada que escale a tales dimensiones que arrastre a Rusia, y el mundo entero, al uso de armas nucleares?

Para dar respuesta a esta pregunta, primero demos reconocimiento a una realidad que hoy ha sido convalidada: en el presente son los estados nación (no terroristas, crimen organizado o todo agente subnacional existente) quienes continúan siendo la génesis de las mayores amenazas hacia la humanidad. Esto es, los efectos de la devastación militar y del poderío nuclear continúan siendo insuperables.

Entendido lo anterior, y tratando de dar una respuesta a nuestro cuestionamiento, en estas líneas buscaremos explicar por qué el conflicto en Ucrania (por lo pronto confinado a una lucha indirecta entre Rusia y Estados Unidos) no exhibe las condiciones que puedan ser determinantes para el inicio de una confrontación nuclear. Para dar sustento a nuestro argumento tendremos que auxiliarnos de un marco teórico que, en primer término, nos dote de un poder explicativo lo más apegado a la realidad, y que tenga la capacidad de entender a un orden internacional donde los estados son quienes dan razón de la paz y el conflicto.

La teoría neorrealista de las Relaciones Internacionales -herramienta de análisis elegida por el que suscribe- lo que pretende es dar claridad a una pregunta que asiste la razón de todo "animal político": qué y quién produce el conflicto entre estados. A la conjetura que arriba, este enfoque teórico, es que la estructura internacional, como un orden gravitatorio, es quien regula el comportamiento de los estados en razón de la capacidad que cada estado tiene para ejercer su poder y con ello garantizar su propia supervivencia.

Si eres un cuerpo físico con mayor masa; esto es, como país posees recursos que te otorgan mayor poder (innovación tecnológica, economía, territorio y ejército), tendrás la oportunidad de incidir en la dinámica gravitatoria, si por lo contrario eres un cuerpo con menor masa; esto es, como país posees pocos recursos, o estos carecen de importancia, tan solo responderás a la fuerza gravitatoria impulsada por cuerpos con mayor volumen.

Por siglos, el conflicto y la paz mundial han mostrado estar condicionados a este movimiento gravitacional. Es el orden internacional quien arbitra el comportamiento de las masas estatales en función de su poderío -y no solo de la voluntad de sus líderes-. Si eres poderoso podrás competir o cooperar esperando buenos resultados, si no lo eres tendrás tan solo que socializar y tratar de cooperar con entidades cuya masa sea afín a la tuya.

Rusia y Estados Unidos poseen los ejércitos más poderosos del mundo, territorios mayúsculos (dotados de recursos estratégicos) y aparatos productivos cuya salud, como ha quedado demostrado, es vital para el desarrollo de la economía mundial en su conjunto. Ambos estados, les guste o no, comparten esta posición de privilegio como entidades poderosas gracias a un orden gravitatorio que fue establecido hace 77 años con el final de la Segunda Guerra Mundial; orden, que continúa vigente.

Por esta razón, todo conflicto entre Rusia y Estados Unidos que escale hasta el punto de tener que hacer uso de su poderío nuclear, si bien no resulta imposible, continúa representando un escenario sumamente remoto. De materializarse un ataque nuclear, por controlado que en su caso este pudiera ser, Putin tendría que asumir los costos de haber dado inicio a una guerra cuya capitulación marcaría el fin de un orden gravitatorio que (le guste o no) le ha favorecido.

Atentar contra el orden gravitatorio vigente, que denominaremos ahora "Sistema Internacional", es una apuesta que Putin debe saber afrontar conociendo las inmediatas consecuencias: así como el peso de un cuerpo se nulifica en la ingravidez, la importancia de un estado, por poderoso que este sea, se nulifica ante la ausencia de aquel sistema que lo ha hecho poderoso.

No sería una guerra de Rusia contra el mundo, sería una guerra de Rusia contra todo un orden gravitatorio el cual se ha nutrido de un régimen internacional que fue establecido con normas y preceptos dictados por la estructura hegemónica que vio su nacimiento en 1945. Un orden que Putin finalmente se verá obligado a reconfigurar si es que pretende embarcarse en una guerra de escala global.

Robert Gilpin, un destacado referente del neorrealismo, puede ayudarnos a esclarecer este argumento. Gilpin expone que un sistema internacional estable (anárquico por naturaleza) es aquel que se erige bajo el resguardo de una estructura global hegemónica. Una hegemonía como la enarbolada por la Pax Británica (1815-1914) o la propia Pax Americana (1945-1971).

Si bien podríamos asumir que formalmente la Unión Americana ya no es un hegemón (de ahí el desafío ruso); es su cultura, sociedad, filosofía política y económica (sistema internacional vigente) quien continúa alimentando aquella dinámica que, finalmente, es la que ha hecho posible que Rusia, incluso China, puedan erigirse hoy como grandes potencias.

De escalar el conflicto de Ucrania a una guerra global, todo contendiente por el liderazgo Norteamericano, en este caso Rusia, tendría que legitimar un nuevo sistema internacional (orden económico, político y cultural) y subsecuentemente darle sustentabilidad con el beneplácito de los demás estados. Esto es: edificar un nuevo orden gravitatorio que sea legitimado por China, India, Japón y toda Europa, quienes a su vez no querrán perder la voluminosidad de su masa gravitatoria.

Vladimir Putin entiende con claridad los costos extremos que ha tenido que asumir Estados Unidos para preservar un orden global que le ha consumido recursos que ya no posee. Como realista, Putin entiende que el repliegue estratégico americano de los últimos años responde a esta realidad. Tal lo entiende que con su retórica puede estirar al máximo el orden internacional pero jamás fracturarlo.

Tristemente, no podemos sentenciar de forma categórica la ausencia de un choque nuclear producto de este conflicto, cada día continuamos sorprendiéndonos de los malos juicios que como seres humanos adoptamos producto de la desesperación. Sin embargo, lo que debemos considerar, antes de todo juicio fatalista es la siguiente realidad: la amenaza nuclear continúa siendo la retórica perenne de los poderosos.

Una retórica poderosa cuyo valor de cambio puede calibrarse hasta alcanzar la propia desaparición de la raza humana.


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