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Coatzacoalcos Ver. | 2022-08-03

   

La semana pasada leía con asombro y molestia las declaraciones con un claro discurso de odio por parte de un sacerdote poblano al criticar los matrimonios igualitarios, hasta expresar que los logros de las personas LGBT+ “Son cosa del demonio”; esto sin duda representa un abuso de la posición que la Iglesia Católica confiere en las homilías; más allá de la evidente ignorancia, me parece lamentable que expresiones peyorativas se normalicen como lo correcto.

Los enlaces civiles entre personas del mismo sexo, la adopción homoparental y las identidades Trans representan asuntos tanto complejos como controversiales, pues en aras de la libertad de expresión muchos se escudan en un derecho fundamental para denostar, lapidar y discriminar en nombre de la moral y de Dios.

Lo curioso es que ni el mismo Papa Francisco, que es el máximo jerarca de la Iglesia Católica, ha tenido discursos de odio hacia la población LGBT+, incluso se refiere como hijos de Dios y que nadie es quien para juzgar; cosa que deberían replicar algunos párrocos.

No se puede divulgar la palabra de Dios con este tipo de discursos, podemos no estar de acuerdo, pero eso no nos da el derecho de sobajar o cuestionar los derechos de un sector poblacional que tiene décadas de lucha por exigir respeto y paz.

Desconozco si alguien ya interpuso alguna queja ante la Comisión Estatal de los Derechos Humanos de Puebla o si lo hizo en la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación, entes gubernamentales que deberían pronunciarse al respecto, pero hoy más que nunca no debemos permitir que se normalicen los discursos de odio, aún así sean en lo privado y de la índole que sea.

Es preciso aclarar que no todas las personas LGBT+ aspiran a casarse, no todas aspiran a adoptar, por lo que no se debe generalizar, sin embargo, éstos representan derechos que antes estaban negados para quienes asumieron la valentía de vivir tal cual son.

Es complicado cambiar ideologías, pero algo sencillo que podemos modificar en aras de una sana convivencia y respeto, son las actitudes y comportamientos.

Debemos tener en cuenta que si no estamos de acuerdo con algo tan complejo como lo son las preferencias sexuales, debemos ser cuidadosos al expresarlo, pues una palabra hiere más que un golpe, especialmente en menores de edad, quienes se encuentran en un mayor riesgo de suicidio al ser objetos de bullying y maltrato psicológico.

Tan sólo en 2019 la organización suiza ‘Pink Cross’ documentó que entre un 5% y 10% de los suicidios ocurridos en hombres correspondían a homosexuales.

Normalicemos el respeto, normalicemos una comunicación asertiva ante lo que no nos parece, o mejor aún, si no tenemos nada bueno por decir, no opinemos, especialmente si no podemos ser capaces de sentir empatía y no caigamos en la banalidad de justificarlo como libertad de expresión o decirlo ‘en nombre de Dios’ como el cura poblano.

Recordemos que los discursos de odio sí ‘son cosa del demonio’.

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