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De política y cosas peores
Por Catón
2017-03-19 09:55:03
Motel Kamagua
 
Aquella noche londinense era de las más
frías del invierno. Sin embargo en la sala
de lectura del Saint Hubert Club reinaba
un grato calorcillo, pues en la chimenea
ardía la leña. Uno de los socios se acercó
y se puso de espaldas a las llamas a fin
de calentar su parte posterior. Fue hacia
él lord Feebledick y le dijo: “Permítame
hacerle una pregunta, caballero. ¿Es
usted de Iceburg?”.
“En efecto -respondió el otro, asombrado-.
¿Cómo supo usted que vengo de esa
ciudad del norte?”.
Explicó lord Feebledick: “Mi esposa lady
Loosebloomers también nació ahí, y
siempre trae frías las pompas”. Felinita
era una joven muy poco agraciada. Tenía
un gran parecido con las hermanastras
de la Cenicienta. Inútilmente sus papás
le habían buscado marido ofreciendo una
rica dote a los galanes de la localidad.
Ninguno mordió el anzuelo.
Pero, como dice el refrán, nunca falta un
roto para un descosido. Llegó al pueblo
un viajante de comercio representando a
la Compañía Jabonera “La Espumosa”, S.
de R. L. Al forastero le bastó ver a Felinita
para prendarse de ella, pues la muchacha
le recordaba a su mamá.
El doctor Freud explicaría esto mucho
mejor que yo. Se hicieron novios, y mutuamente
se prometieron matrimonio.
Había, no obstante, un grave inconveniente:
Leovigildo -así se llamaba el
jabonero- era pobre de solemnidad, y
Felinita tuvo miedo de que su padre no
accediera al desposorio. Así las cosas
los enamorados acordaron escaparse.
La noche convenida llegó él llevando una
escalera, pues la recámara de Felinita
estaba en el segundo piso.
Subió el galán para ayudar a su novia a
bajar. “No hagas ruido -le dijo en voz muy
baja Felinita-. Papá podría despertar”.
“Ya despertó -le informó Leovigildo-.
Está abajo deteniéndome la escalera”.
La profesora de quinto año le dijo a la
de cuarto: “Pepito se está portando peor
que de costumbre.
Voy a llamar a su padre para que lo meta
al orden”. “Ni se te ocurra -le aconsejó la
otra-. Yo hice eso el año pasado, y luego
tuve que llamar a la mamá de Pepito para
que metiera al orden a su marido”. Don
Chinguetas viajó a la Capital, y una de
las primeras cosas que hizo fue ir al restorán
“El Optimismo de Leopardi”, pues
guardaba en él un recuerdo de juventud:
había conocido ahí a una linda chica con
la que tuvo amores.
Ocupó una mesa, y deseoso de compartir
con alguien aquella gratísima memoria
llamó a un mesero que pasaba y le dijo
con tono evocador:
“Llegué aquí en 1974 y.”. El tipo lo interrumpió
de muy mal modo. “No me
importa cuándo haya llegado usted -le
dijo-. Ésta no es mi mesa”.
Don Algón fue con su esposa a cenar
fuera, pues esa noche cumplían años de
casados. De regreso a casa acertaron a
pasar frente al Motel Kamagua, acogimiento
de amores indocumentados.
La señora, que se había tomado tres o
cuatro copas, le dijo a su marido: “Siempre
he tenido tentación de conocer un
motel de ésos.
Vamos a entrar. Todavía estamos en
edad de hacer travesuras”. “¡Estás loca!
-exclamó don Algón-. ¿Cómo se te ocurre
semejante cosa? Vamos a casa”. “No -insistió
la señora-. Llévame ahí”. El señor
tuvo que ceder a la demanda de su esposa,
y entraron en el motel. El encargado vio
a don Algón y le dijo alegremente: “¿Otra
vez por aquí, don Algoncito? ¿Qué?
¿Ahora le gustan de su misma edad?”.
Dulcif lor, recién casada, se veía agotada,
f lácida, desmadejada. Le preguntó una
amiga: “¿Por qué te ves así?”. Respondió
ella con voz feble: “Antes de casarnos mi
marido me advirtió: ‘Quiero que sepas
que todas las noches llego a las 11 y pico’.
Y en efecto: todas las noches llega a las
11 y pica”. FIN.

MIRADOR
››armando
fuentes aguirre
Historias de la creación del
mundo.
El Señor hizo al hombre.
Y comentó el Espíritu:
-No está mal.
El Señor hizo a la mujer:
Y el Espíritu comentó:
-Está muy bien.
Después el Señor amonestó
a la mujer y al hombre: no
debían caer en la tentación.
Y comentó el Espíritu:
-No está mal.
Luego el hombre y la mujer
cayeron en la tentación.
Y el Espíritu comentó:
-Está muy bien.
¡Hasta mañana!...
MANGANITAS
››por afa
“. Pinocho se casó.”.
Su esposa, mujer audaz,
se sentaba en su nariz
y le decía feliz:
“¡Ahora miénteme má
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